Reseña de “El Conjuro 4: Últimos Ritos”, se despiden los Warrens

El Conjuro 4: Últimos Ritos llega como el cierre definitivo de la saga de los Warrens, una mezcla de nostalgia, emociones profundas y terror que busca honrar más de una década de historia. Patrick Wilson y Vera Farmiga retoman a Ed y Lorraine con una química madura, mostrando el desgaste emocional de los años, pero también la fortaleza que los convirtió en referentes del cine de horror contemporáneo. La historia retoma el caso Smurl, basado en hechos reales ocurridos en Pensilvania en 1986, un último desafío que pone a prueba tanto su fe como su vínculo personal.
Judy: el legado que enfrenta al horror
Uno de los aciertos es dar mayor protagonismo a Judy, la hija de los Warren, ahora adulta y próxima a casarse. Sus habilidades psíquicas cobran fuerza y la convierten en el puente entre el pasado y el presente de la franquicia, motivando a sus padres a enfrentarse una vez más a lo desconocido.

El filme se debate entre momentos brillantes y otros más previsibles. Hay escenas con un manejo atmosférico sólido, centradas en el horror íntimo y la tensión emocional, pero también pasajes que caen en el recurso repetitivo del susto fácil y un ritmo irregular que frena la intensidad en ciertos tramos.
Cameos que cierran círculos
El valor más especial de esta entrega está en los guiños a toda la saga, con cameos que funcionan como homenaje y despedida:
- Carolyn y Cindy Perron, recordadas del primer filme, aparecen como invitadas en la boda de Judy.
- Janet y David, vinculados a las historias de la segunda y tercera entrega, también hacen acto de presencia.
- Incluso el propio James Wan, creador del universo, se deja ver en un breve cameo no acreditado.
Estos momentos no se sienten forzados, sino como un cierre natural y emotivo para los seguidores de la saga.
El Conjuro 4: Últimos Ritos no busca revolucionar el género, sino entregar una despedida digna. Su fortaleza está en lo emocional: actuaciones sólidas, cierre de arcos y homenajes bien integrados. Sus puntos débiles se encuentran en la previsibilidad de algunos sustos y un ritmo irregular.
Más que una película aterradora, es un adiós cargado de melancolía y gratitud, un “último susurro” que honra el legado de los Warren y cierra con ternura un ciclo inolvidable del cine de terror moderno.
