Reseña de “Drácula” de Luc Besson: Un romance maldito entre sombras y eternidad

Con Drácula: Un Historia de Amor, Luc Besson reescribe el mito del conde sediento de sangre como un melodrama gótico de amores que atraviesan siglos. Su premisa no oculta la ambición: menos horror puro, más tragedia romántica con rostro de estrella. Caleb Landry Jones encarna a Vlad/Drácula con una fisicidad inquietante y una vulnerabilidad casi ascética; su criatura camina entre el depredador y el penitente, buscando a la reencarnación de su esposa perdida a lo largo de cuatrocientos años. Besson mueve la acción del Londres victoriano a un París decadente y sugerente, un escenario donde el deseo y la culpa se rozan en cada esquina.

El prólogo medieval—violento, febril—marca el tono: un guerrero que pierde a su amada y, con ella, su fe. A partir de ahí, la película se instala en un vaivén de tiempos y obsesiones, pulida por una puesta en escena de lujo: vitrales, callejones húmedos, palacios que parecen mausoleos del deseo. Cuando Besson estiliza, convence; su cámara se recrea en capas de niebla, reflejos y siluetas, y encuentra en Landry Jones un imán para el encuadre. La presencia de Christoph Waltz como antagonista mundano—más cruzado moral que cazador de monstruos—aporta una ironía seca que oxigena los subrayados románticos.

La partitura de Danny Elfman funciona como columna vertebral de esa sensibilidad “romántico-gótica”: coros sombríos, cuerdas que laten y un leitmotiv que, sin reinventar la rueda, sostiene el hechizo. No es su trabajo más arriesgado, pero sí un pegamento eficaz entre las set-pieces y los silencios culpables del protagonista.
¿Dónde tropieza está adaptación de Drácula?
En su vocación de “gran romance” estira situaciones y discursos hasta rozar lo enfático. El guion—cuando explica lo inexplicable—pierde misterio; algunas escenas dialogadas suenan declamativas, como si la película confiara menos en la imagen y más en la tesis. El resultado es un flujo irregular: momentos de auténtica hipnosis visual conviven con pasajes donde la emoción está subrayada en negritas. No extraña, entonces, que la recepción haya sido dividida: mientras algunos celebran la lectura romántica y el magnetismo de Landry Jones, otros señalan derivaciones y aire de pastiche frente al referente de Coppola.

Aun con sus excesos, Besson logra algo poco frecuente en revisiones del mito: recuperar la idea del monstruo como víctima de un duelo interminable. Su Drácula no seduce por capricho, sino porque está atrapado en una promesa rota; es el eco de un beso maldito que se repite a lo largo de los siglos. En esa grieta la película respira mejor, sobre todo cuando deja que la imagen (y no el discurso) nos cuente la condena del vampiro.
En el plano técnico, la fotografía y el diseño de producción crean una sensualidad táctil: mármoles fríos, velos, telas y sangre que parecen palpables. Y, aunque el CGI tiene destellos desparejos en criaturas y ornamentos, el conjunto mantiene una coherencia estética que distingue a esta versión—más cercana al duelo romántico que a la pura iconografía del terror.
En conclusión, Dracula: A Love Tale es un capricho sincero y estilizado: irregular, sí, pero con personalidad. Brilla en la entrega física y emocional de Caleb Landry Jones, en la atmósfera parisina como telón de fondo y en la partitura de Elfman que acentúa el tono melancólico; sin embargo, se resiente en diálogos demasiado subrayados y en cierta dependencia de modelos previos que por momentos convierten el homenaje en simple reflejo. Aun así, se alza como un romance oscuro que, pese a sus defectos, deja una huella hipnótica.
